Para el pueblo conflicto = derrota, luego de la 125 el temor se tranformó en odio

Motivos de un odio compacto
Por Alejandro Horowicz
26-02-10 / 

Hay muchos modos de contar la relación política entre Néstor Kirchner y Carlos Saúl Menem, pero hay uno que resulta particularmente esquizofrénico. En esta última versión –alentada por Eduardo Duhalde– el faltazo de Menem al cónclave senatorial sólo puede ser parte de una estratagema pactada con el oficialismo.

No cabe ninguna duda de que la animosidad de Duhalde contra ambos está en el tope de lo imaginable, y que esa animosidad tiene algún papel en la construcción de su línea argumental.

Sin embargo, este abordaje deja al descubierto la naturaleza del acuerdo opositor: todos son mejores que el oficialismo, y oponerse sin más sirve para adecentar a cualquiera, incluso a Menem. Y si De la Rúa sirviera, bienvenido.

Desde esta perspectiva la historia colectiva resulta imposible de explicar, el estallido del 2001 no debiera haber sucedido, y tampoco se puede entender cómo un gobernador patagónico arribó a la Casa Rosada en el 2003, y su mujer revalidó esas credenciales en el 2007.

Sin embargo, semejantes dificultades argumentales no le quitan el sueño a casi nadie, y lo que es muchísimo más grave: tienen sobrados motivos para despreocuparse, ya esa clase de contradicciones no calan en el odio con que la compacta mayoría premia al gobierno.

Volvamos al comienzo. Menem hace un rato largo que terminó siendo una especie de oxímoron de la política nacional; el “roban pero hacen” con que la sociedad valoró ese época era su bandera.

De algún modo diferenciaba a los que “roban pero no hacen”, o mejor aún, a los que “ni roban ni hacen”. El problema no fue la decencia, que llegó a ser sinónimo de cortedad personal, sino la eficacia.

Y si con De la Rúa el valor decencia pareció significar algo, la crisis de la BANELCO sólo supuso la renuncia de Chacho Álvarez en medio de una notable pasividad social. Y aun así, sigue siendo la principal acusación contra la gestión K.

En general, el odio suele ser un material altamente inflamable, pero poco apto para construcciones más duraderas.

Lo más interesante de un sentimiento tan intenso suele pasar por los motivos que lo gatillan. Motivos que suelen ser bastante menos explícitos que el odio que nadie se cuida de ocultar.

Casi es de buen tono odiar al gobierno, al menos en el sector que imprime su cloacal punto de vista en las páginas interactivas de los diarios.

Pero la pregunta que requiere cierta respuesta es ésta: ¿qué motiva un odio tan compacto?

Suponer que todos odian por idénticas causas constituye una cómoda simplificación sociológica.

Al tiempo que no se nos escapa que no pueden no existir motivos concurrentes; de lo contrario la posibilidad de conectar los diversos odios entre sí carecería de elemento precipitante. Para los defensores del gobierno el odio pasa, fundamentalmente, por la política de derechos humanos.

Desde esa trinchera razonan así: son las virtudes del gobierno las que lanzan a una multitud clase mediera –fogoneada por TN– a la diatriba permanente.

Examinemos el argumento.

Los juicios al comisario Echecolatz y al curita Von Wernich transcurrieron durante la gestión de Néstor Kirchner. Aun así, la imagen positiva del entonces presidente no sufrió mengua alguna.

Más aún, el discurso de los organismos de derechos humanos se transformó en versión oficial; esto es, el relato que los diarios comerciales hacen circular sin comillas, no porque omitan las otras voces sino porque se desmarcan con bastante claridad de sus decires.

Entonces, una voz que en 1983 era minoritaria y casi ultra, se transformó en el discurso políticamente correcto. Tanto, que el diario La Nación se vio obligado a retroceder sobre su propia línea editorial, de lo contrario su dificultad para incorporar nuevos lectores complicaba la ecuación comercial de su existencia.

Eso no supone que un sector de la sociedad argentina no odie al gobierno por impulsar esa política, pero no pareciera haber demasiados motivos para pensar que ése es el elemento precipitante.

Una mirada más atenta permite fechar el viraje decisivo durante el mandato de Cristina Fernández.

Si bien el grado de hostilidad mediático fue casi instantáneo, reducir una cosa a la otra suele ser un error. Diría que el parte aguas fue la resolución 125; desde el momento que su aplicación fue puesta en entredicho por la movilización campera, el humor de los habitantes urbanos cambió violentamente: ¿por qué?

La sociedad argentina detesta el conflicto.

El motivo es simple, para los sectores populares el conflicto es sinónimo de derrota, y la derrota está asociada a la desaparición, la tortura y la muerte. Entonces, para evitar la muerte hay que evitar la derrota, y si esquivamos el conflicto, la derrota –como resultado lógico– se elude.

La 125 restableció un nivel de conflictividad desconocido desde 1983.

Era la primera vez que un quantum de las ganancias extraordinarias pasaba por el cedazo de los impuestos. Pues bien, ese conflicto arrojó un vencedor nítido, y una sociedad obligada a recordar lo que motu propio prefiere olvidar, comprobó una vez más que conflicto y derrota marchan de la mano. Entonces, sin pensarlo demasiado responsabilizó al Poder Ejecutivo.

En sus cabezas el gobierno intentó lo que no se puede, o en todo caso lo que este gobierno no puede, y al hacerlo puso en peligro condiciones de existencia trabajosamente conseguidas; el miedo cerril que volvieron a sentir, ante la amenaza campera y su contrapartida de indefensión urbana, se trocó en odio. Y de ese viscoso material se nutre desde entonces la dinámica política.

http://www.elargentino.com/Content.aspx?Id=79639

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