Discurso del Presidente Barack Obama ante la Asamblea de la ONU

TEXTO DEL DISCURSO DEL PRESIDENTE BARACK OBAMA A LA ASAMBLEA GENERAL DE LA ONU

Discurso para la Asamblea General de las Naciones Unidas
Nueva York, NY – 23 de septiembre 2010

(TRADUCCIÓN LIBRE DE ANA)

Señor Presidente, Señor Secretario General, compañeros delegados, señoras y señores: Es un honor dirigirme a esta Asamblea por 2º vez, casi 2 años después de mi elección como Presidente de Estados Unidos. Sabemos que este no es un tiempo normal para nuestro pueblo.

Obamaonuspeech

Cada uno de nosotros viene aquí con sus propios problemas y prioridades. Pero también hay desafíos que tenemos en común como líderes y como naciones.

Nos encontramos dentro de una institución construida a partir de los escombros de la guerra para unir al mundo en búsqueda de la paz.

Y estamos en una ciudad que -durante siglos- ha dado la bienvenida a personas de todo el mundo, lo que demuestra que los individuos de todos los colores, creencias y posición social pueden unirse en busca de oportunidades; construir una comunidad y vivir con la bendición de la libertad humana.

Fuera de las puertas de esta sala, las cuadras y los barrios de esta gran ciudad cuentan la historia de una década difícil. Hace 9 años, la destrucción del World Trade Center, señaló una amenaza que no respeta los límites de la dignidad o de la decencia. Hace 2 años este mes, una crisis financiera en Wall Street devastó a las familias norteamericanas en Main Street.

Estos problemas distintos han afectado a los pueblos de todo el mundo. Hombres, mujeres y niños han sido asesinados por extremistas desde Casablanca a Londres, desde Jalalabad a Yakarta. La economía mundial sufrió un golpe muy duro durante la crisis financiera, paralizando a los mercados y aplazando los sueños de millones en todos los continentes.

Por debajo de estos desafíos a nuestra seguridad y prosperidad yacen temores más profundos: que viejos odios y divisiones religiosas están una vez más en ascenso, que un mundo que ha crecido más interconectado, de alguna manera se ha deslizado fuera de nuestro control.

Estos son algunos de los retos que mi gobierno ha enfrentado desde que asumimos el poder. Hoy me gustaría hablarles acerca de lo que hemos hecho en los últimos 20 meses para responder a estos desafíos, que nuestra responsabilidad es buscar la paz en Medio Oriente, y qué clase de mundo estamos tratando de construir en este siglo 21.

Permítanme comenzar con lo que hemos hecho. En nada me he concentrado más como Presidente que en rescatar a nuestra economía de una catástrofe potencial.

Y en una época en que la prosperidad se comparte, no podíamos hacerlo solos. Entonces Norteamérica se ha unido a las naciones de todo el mundo para estimular el crecimiento y la demanda renovada de que podría recomenzar la creación del empleo.

Estamos reformando nuestro sistema de las finanzas mundiales, empezando por la reforma de Wall Street en casa, para que una crisis como ésta nunca vuelva a suceder. Y hemos hecho del G-20 el punto central para la coordinación internacional, porque en un mundo donde la prosperidad está más difusa, debemos ampliar nuestro círculo de cooperación para incluir a las economías emergentes.

Hay mucho para mostrar sobre el resultado de nuestros esfuerzos, aún cuando hay mucho más trabajo por hacer. La economía mundial se ha retirado desde el borde de una depresión, y está creciendo una vez más.

Hemos resistido el proteccionismo, y estamos explorando las formas de expandir el comercio e intercambio entre las naciones. Pero no podemos descansar -y no lo haremos- hasta que estas semillas de progreso se conviertan en una prosperidad más amplia, para todos los norteamericanos y para los pueblos de todo el mundo.

En cuanto a nuestra seguridad común, Norteamérica está librando una lucha más eficaz contra Al Qaeda, mientras que está terminando la guerra en Irak.

Desde que asumí el poder, Estados Unidos ha sacado de Irak cerca de 100.000 soldados.

Lo hemos hecho responsablemente, en tanto los iraquíes han hecho la transición para tomar la responsabilidad de la seguridad de su país. Ahora estamos enfocados en la creación de una asociación duradera con el pueblo iraquí, manteniendo nuestro compromiso de sacar al resto de nuestras tropas a finales del próximo año.

Mientras nos retiramos de Irak, nos hemos concentrado en derrotar a Al Qaeda y en negarles a sus asociados un refugio seguro.

En Afganistán, Estados Unidos junto con nuestros aliados estamos llevando a cabo una estrategia para romper el impulso de los Talibán y para desarrollar la capacidad del gobierno afgano y de sus fuerzas de seguridad, de modo que una transición hacia la responsabilidad afgana pueda comenzar en julio próximo.

Y desde el sur de Asia hasta el Cuerno de África, nos estamos moviendo hacia un enfoque más específico, uno que refuerce a nuestros socios y desmantele las redes terroristas sin desplegar grandes ejércitos norteamericanos.

Mientras perseguimos a los extremistas más peligrosos del mundo, también estamos negándoles las armas más peligrosas existentes, en pos de la paz y la seguridad en un mundo sin armas nucleares.

A principios de este año, 47 naciones han adoptado un plan de trabajo para poner a seguro todos los materiales nucleares vulnerables dentro de los próximos cuatro años.

Nos hemos unido a Rusia para firmar el acuerdo de control de armas más completo en décadas. Hemos reducido el papel de las armas nucleares en nuestra estrategia de seguridad. Y aquí, en las Naciones Unidas, nos reunimos para fortalecer el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Como parte de nuestros esfuerzos en materia de no proliferación, ofrecí a la República Islámica de Irán una mano extendida el año pasado, y subrayé que tiene derechos y responsabilidades como miembro de la comunidad internacional.

También dije -en esta sala- que Irán debe ser considerado responsable si no cumpliera con esas responsabilidades.

Eso es lo que hemos hecho. Irán es el único partido en el TNP que no puede demostrar las intenciones pacíficas de su programa nuclear, y esas acciones tienen consecuencias. Por medio de la Resolución 1929 del Consejo de Seguridad de la ONU, pusimos en claro que la ley internacional no es una promesa vacía.

Ahora permítanme ser claro una vez más: Estados Unidos y la comunidad internacional busca una resolución a nuestras diferencias con Irán, y la puerta sigue abierta a la diplomacia si Irán decide caminar a través de ella.

Pero el gobierno iraní debe demostrar un compromiso claro y creíble, y confirmar al mundo la intención pacífica de su programa nuclear.

A medida que combatimos la propagación de armas mortíferas, también estamos enfrentando el fantasma del cambio climático. Después de realizar en casa inversiones históricas en materia de energía limpia y eficiencia, ayudamos a forjar un Acuerdo en Copenhague que -por 1º vez- compromete a todas las grandes economías a reducir sus emisiones.

Esto es sólo un primer paso. En el futuro, vamos a apoyar un proceso en el que todas las grandes economías cumplan con las responsabilidades de proteger a nuestro planeta, mientras que liberan el poder de una energía limpia para servir como motor del crecimiento y desarrollo.

Norteamérica también ha abrazado responsabilidades únicas que vienen con nuestro poder. Desde que llegaron las lluvias y las inundaciones crecieron en Pakistán, nosotros comprometimos nuestra asistencia, todos deberíamos apoyar al pueblo pakistaní en su recuperación y reconstrucción.

Y cuando la tierra tembló y Haití fue devastada por las pérdidas, en respuesta nos unimos a una coalición de naciones.

Hoy honramos a los miembros de la familia de las Naciones Unidas que perdieron su vida en el terremoto, y nos comprometemos a apoyar al pueblo de Haití hasta que puedan pararse sobre sus propios pies.

En medio de esta agitación, hemos sido persistentes en la búsqueda de la paz. El año pasado comprometí mis mejores esfuerzos para apoyar el objetivo de dos estados, Israel y Palestina, viviendo lado a lado en paz y seguridad, como parte de una paz global entre Israel y todos sus vecinos.

Hemos recorrido un camino sinuoso en los últimos 12 meses, con pocos picos y muchos valles. Pero este mes estoy complacido porque hemos continuado con negociaciones directas entre israelíes y palestinos en Washington, Sharm el-Sheij y Jerusalén.

Ahora muchos son pesimistas acerca de este proceso. Los cínicos dicen que los israelíes y los palestinos desconfían demasiado unos de otros, y que están demasiado divididos internamente para forjar una paz duradera.

Los detractores de ambos lados tratan de interrumpir el proceso, con palabras amargas y con bombas. Algunos dicen que las brechas entre las partes son demasiado grandes, que la posibilidad de que las conversaciones se rompan también es demasiado grande y que después de décadas de fracasos la paz simplemente no es posible. Pero consideren alternativas.

Si no se alcanza un acuerdo, los palestinos nunca conocerán el orgullo y la dignidad que viene con su propio estado. Los israelíes nunca conocerán la certeza y seguridad que viene de vecinos soberanos y estables que están comprometidos con la coexistencia.

Tendrán lugar las duras realidades de la demografía. Más sangre será derramada. Esta Tierra Santa seguirá siendo un símbolo de nuestras diferencias, en lugar de nuestra humanidad común. Me niego a aceptar ese futuro.

Todos tenemos que tomar una decisión. Y cada uno de nosotros debe elegir el camino de la paz. Esa responsabilidad comienza con las propias partes, que deben responder al llamado de la historia.

A principios de este mes, en la Casa Blanca, me impresionaron las palabras tanto de los dirigentes israelíes como de los palestinos.

El Primer Ministro Netanyahu dijo:

“Hoy vine aquí para encontrar un compromiso histórico que permitirá a ambos pueblos vivir en paz, seguridad y dignidad.”

El Presidente Abbas dijo:

“No escatimaremos esfuerzos y trabajaremos con diligencia y sin descanso para asegurar que estas negociaciones logren su objetivo.”

Estas palabras deben ser seguidas por acciones, y creo que ambos líderes tienen el coraje de hacerlo. Pero el camino que tienen que recorrer es difícil, por eso hago un llamamiento a israelíes y palestinos -y al mundo- para que se reúnan detrás del objetivo que estos dirigentes comparten.

Sabemos que habrá pruebas a lo largo del camino, y que se acerca rápidamente. La moratoria de los asentamientos de Israel ha hecho una diferencia en el terreno, y mejoró la atmósfera para las conversaciones. Nuestra posición sobre esta cuestión es bien conocida.

Creemos que la moratoria debería extenderse. También creemos que las conversaciones deberían seguir avanzando hasta que estén terminadas. Ahora es el momento para que las partes se ayuden mutuamente a superar este obstáculo. Ahora es el momento de construir confianza -y dar tiempo- para el progreso sustancial que se debe hacer. Ahora es el momento para aprovechar esta oportunidad de modo que no se escape.

La paz debe ser hecha por los israelíes y los palestinos, pero cada uno de nosotros también tiene la responsabilidad de hacer su parte.

Aquellos de nosotros que son amigos de Israel deben entender que la verdadera seguridad para el Estado judío requiere una Palestina independiente, una que permita al pueblo palestino vivir con dignidad y oportunidades.

Y aquellos de nosotros que son amigos de los palestinos deben entender que los derechos del pueblo palestino se ganarán sólo por medios pacíficos, incluyendo una auténtica reconciliación con un Israel seguro.

Muchos en este salón se cuentan como amigos de los palestinos. Pero estas promesas ahora debe estar respaldadas por los hechos. Aquellos que han firmado la Iniciativa de Paz Árabe deberían aprovechar esta oportunidad para hacerla realidad mediante la adopción de medidas tangibles hacia la normalización que promete a Israel.

Aquellos que hablan a favor de la autonomía palestina deberían ayudar a la Autoridad Palestina política y económicamente, y -al hacerlo- ayudarían a los palestinos a construir las instituciones de su estado. Y aquéllos que están deseando ver el ascenso de una Palestina independiente deben dejar de tratar de destruir a Israel.

Después de miles de años, judíos y árabes no son extraños en una tierra extraña. Y después de 60 años en la comunidad de las naciones, la existencia de Israel no debe ser un tema de debate. Israel es un estado soberano y la patria histórica del pueblo judío.

Debe quedar claro para todos que los esfuerzos para debilitar la legitimidad de Israel sólo se encontrarán con la oposición inquebrantable de Estados Unidos.

Y los esfuerzos para amenazar o matar a israelíes no hacen nada para ayudar al pueblo palestino, la masacre de israelíes inocentes no es resistencia, es injusticia.

No nos equivoquemos: el coraje de un hombre como el Presidente Abbas -que lucha por su pueblo frente al mundo – es mucho mayor que los que disparan cohetes a las mujeres y niños inocentes.

El conflicto entre israelíes y árabes es tan antiguo como esta institución.

Y podemos volver aquí, el próximo año, como lo hemos hecho los últimos 60, y hacer largos discursos al respecto. Podemos leer listas de quejas conocidas.

Podemos presentar las mismas resoluciones. Podemos darle más poder a las fuerzas del rechazo y el odio. Podemos perder más tiempo continuando una discusión que no ayudará a un solo niño israelí o palestino a lograr una vida mejor. Podemos hacer eso.

O bien, podemos decir que esta vez será diferente, que esta vez no vamos a dejar que el terror, la turbulencia, las posturas o la mezquina política se interponga en el camino. Esta vez vamos a pensar no en nosotros, sino en la muchacha de Gaza que no quiere tener límites para sus sueños, o el muchacho de Sderot que quiere dormir sin la pesadilla de los ataques con cohetes.

Esta vez, deberíamos recurrir a las enseñanzas de tolerancia que se encuentran en el corazón de las 3 grandes religiones que ven a la tierra de Jerusalén como sagrada. Esta vez deberíamos obtener lo mejor dentro de nosotros mismos.

Si lo hacemos, cuando volvamos el año que viene, podremos tener un acuerdo que dará lugar a un nuevo miembro de las Naciones Unidas, un estado de Palestina, independiente y soberano, que viva en paz con Israel.

Es nuestro destino llevar la carga de los retos a los que me he referido, la recesión, la guerra y el conflicto.

Y siempre hay un sentido de urgencia -inclusive emergencia- que impulsa la mayor parte de nuestra política exterior. En efecto, después de milenios marcados por las guerras, esta misma institución refleja el deseo de los seres humanos por crear un foro para hacer frente a las emergencias que inevitablemente vendrán.

Pero incluso cuando nos enfrentamos a desafíos inmediatos, también debemos tomar previsiones para más allá de ellos y considerar qué estamos tratando de construir en el largo plazo.

¿Cuál es el mundo que nos espera cuando las batallas de hoy lleguen a su fin?

Sobre eso es de lo que me gustaría hablar hoy con el tiempo que me queda.

Una de las primeras acciones de esta Asamblea General fue adoptar una Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Esa Declaración comienza diciendo,

“el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana es el fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo.”

La idea es simple, que la libertad, la justicia y la paz para el mundo debe comenzar con la libertad, la justicia y la paz en las vidas de los seres humanos como individuos. Para Estados Unidos, esta es una cuestión de moral y necesidad pragmática.

Como Robert Kennedy dijo,

“el hombre individual, el hijo de Dios, es la piedra de toque del valor, y la sociedad toda, los grupos, el estado, existen para su beneficio.”

Por lo tanto, defendemos los valores universales porque es lo correcto. Pero también sabemos por experiencia que quienes defienden estos valores para sus pueblos han sido nuestros mejores amigos y aliados, mientras que los que han negado esos derechos -sean grupos terroristas o gobiernos tiránicos- han elegido ser nuestros adversarios.

Los derechos humanos nunca han sido cuestionados, en ninguna de nuestras naciones y tampoco en nuestro mundo. La tiranía todavía está entre nosotros, y se manifiesta cuando los Talibán matan a niñas que tratan de ir a la escuela, cuando un régimen norcoreano esclaviza a su propio pueblo o cuando grupos armados en Congo-Kinshasa usa la violación como un arma de guerra.

En tiempos de malestar económico, también puede haber preocupación por los derechos humanos. Hoy, como en tiempos pasados de intranquilidad económica, algunos ponen a un lado los derechos humanos con la promesa de una estabilidad a corto plazo o por la falsa noción de que el crecimiento de la economía vendrá a expensas de la libertad.

Vemos a líderes aboliendo los límites de sus mandatos, aplicando mano dura sobre la sociedad civil, y a la corrupción la vemos sofocando a los emprendedores de negocios propios y al buen gobierno. Vemos que las reformas democráticas son demoradas indefinidamente.

Como dije el año pasado, cada país continuará en una trayectoria arraigada en la cultura de su pueblo. Sin embargo, la experiencia nos muestra que la historia está del lado de la libertad, que la base más sólida para el progreso humano se encuentra en las economías abiertas, las sociedades abiertas, y los gobiernos abiertos.

En pocas palabras: la democracia, más que cualquier otra forma de gobierno, asiste a nuestros ciudadanos. Y que la verdad sólo se hará más fuerte en un mundo donde las fronteras entre las naciones sean borrosas.

Norteamérica está trabajando para dar forma a un mundo que promueve esta apertura, la podredumbre de una economía cerrada o corrupta no debe jamás eclipsar la energía y la innovación de los seres humanos.

Todos nosotros queremos tener el derecho a educar a nuestros hijos, ganar un salario digno, atender a los enfermos, e ir tan lejos como nuestros sueños y actos nos lleven. Pero eso depende de que las economías aprovechen el poder de nuestro pueblo, incluyendo el potencial de las mujeres y las muchachas.

Eso significa permitir que los empresarios inicien un negocio sin tener que pagar un soborno, y que los gobiernos apoyen esa oportunidad en lugar de robar a su pueblo. Y también significa recompensar el trabajo duro en lugar de tomar riesgos imprudentes.

Ayer presenté una nueva política de desarrollo que persigue estas metas, reconociendo que la dignidad es un derecho humano y que el desarrollo mundial es para nuestro común interés.

Norteamérica se asociará con las naciones que ofrecen a sus pueblos un camino para salir de la pobreza. Y juntos debemos liberar el crecimiento que impulsa a los individuos y a los mercados emergentes en todo el mundo.

No hay razón para que África no debiera ser un exportador de agricultura, razón por la cual nuestra iniciativa de seguridad alimentaria está otorgando poder a los agricultores.

Y no hay razón por la cual los empresarios no deberían ser capaces de crear nuevos mercados en todas las sociedades, por tal razón auspicié una cumbre de empresarios a principios de esta primavera. Porque la obligación del gobierno es estimular a los individuos, no obstaculizarlos.

Lo mismo es válido para la sociedad civil. El arco del progreso humano ha sido formado por individuos con libertad para reunirse, por organizaciones fuera del gobierno que insistieron en el cambio democrático, y por los medios de comunicación libres que mantuvieron responsables a los poderosos.

Hemos visto eso desde los sudafricanos que se enfrentaron al apartheid, a los polacos de Solidaridad, a las madres de los desaparecidos que hablaron en contra de la Guerra Sucia, a los norteamericanos que marcharon por los derechos de todas las razas, incluida la mía.

La sociedad civil es la conciencia de nuestras comunidades, y Norteamérica siempre ampliará nuestro compromiso con los ciudadanos en el extranjero más allá de los salones del gobierno.

Les vamos a llamar la atención a aquéllos que suprimen las ideas, y a servir como una voz para los sin voz. Vamos a promover nuevas herramientas de comunicación para que la gente tenga la capacidad de conectarse entre sí y, en las sociedades represivas, para hacerlo con seguridad.

Vamos a apoyar una Internet libre y abierta, para que los individuos tengan información para tomar sus propias decisiones. Y es tiempo de abrazar -y supervisar de manera efectiva- las normas que promuevan los derechos de la sociedad civil y garanticen su expansión dentro y fuera de las fronteras.

La sociedad abierta sostiene a un gobierno abierto, pero no puede sustituirlo. No hay derecho más fundamental que la capacidad de escoger a sus líderes y determinar sus destinos. No nos equivoquemos: el éxito final de la democracia en el mundo no vendrá porque los Estados Unidos lo dicte, sino que vendrá porque cada ciudadano exija expresar su opinión sobre la forma en que son gobernados.

No hay suelo donde esta noción no pueda arraigarse, al igual que cada democracia refleja la singularidad de una nación. A finales de este otoño, voy a viajar a Asia. Voy a visitar la India, que pacíficamente se quitó el colonialismo y estableció una democracia floreciente de más de mil millones de personas.

Voy a continuar con Indonesia, el más grande país de mayoría musulmana, que une a miles de islas por medio de un gobierno representativo y de una sociedad civil. Voy a unirme a las reuniones del G-20 en la península de Corea, que ofrece el más claro contraste mundial de una sociedad que es dinámica y abierta, y una que está aprisionada y cerrada.

Concluiré mi viaje en Japón, una cultura antigua que encontró la paz y un desarrollo extraordinario a través de la democracia. A su manera, cada uno de estos países da vida a los principios democráticos.

Y así como algunos gobiernos revirtieron la reforma, también celebramos el coraje de un presidente de Colombia que por voluntad propia se hizo a un lado, o la promesa de una nueva Constitución en Kenia.

El tema común del progreso es el principio de que el gobierno es responsable ante sus ciudadanos. La diversidad en esta sala deja claro, ningún país tiene todas las respuestas, pero todos nosotros debemos responder a nuestra propia gente.

En todas las partes del mundo, vemos la promesa de la innovación para hacer al gobierno más abierto y responsable. Ahora debemos construir sobre ese progreso.

Y cuando nos reunamos de nuevo aquí el año que viene, deberíamos traer compromisos específicos para promover la transparencia, combatir la corrupción, dinamizar la participación ciudadana, y para impulsar las nuevas tecnologías para que podamos fortalecer la base de la libertad en nuestros propios países, mientras que vivimos a la altura de los ideales capaces de iluminar al mundo.

Esta institución todavía puede jugar un papel indispensable en el avance de los derechos humanos.

Es hora de dar la bienvenida a los esfuerzos de la ONU sobre la Mujer para proteger los derechos de las mujeres en todo el mundo. Es hora de que todos los estados miembros abran sus elecciones a los observadores internacionales, como también aumentar el Fondo para la Democracia de las Naciones Unidas.

Es hora de revitalizar las fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU, para que las misiones tengan los recursos necesarios para tener éxito, por lo que atrocidades como la violencia sexual puedan ser evitadas y se refuerce la justicia, porque ni la dignidad ni la democracia pueden prosperar sin una seguridad básica.

Y también es el momento de hacer a esta institución más responsable, porque los retos de un nuevo siglo exigen nuevas formas de servir a nuestros intereses comunes.

El mundo que Norteamérica busca no es el que podemos construir por nuestra cuenta. Para que los derechos humanos alcancen a quienes sufren bajo la bota de la opresión necesitamos que sus voces hablen claro.

En particular, hago un llamamiento a las naciones que surgieron de la tiranía e inspiraron al mundo en la 2º mitad del siglo pasado, desde Sudáfrica hasta el sur de Asia, desde Europa oriental a América del Sur.

No hay que quedarse sin hacer nada cuando los disidentes de cualquier parte son encarcelados y los manifestantes son golpeados. Porque parte del precio de nuestra propia libertad es defender la libertad de los demás.

Esa creencia guiará el liderazgo de Estados Unidos en este siglo 21. Es una creencia que nos ha visto a través de más de dos siglos de prueba, y nos va a ver a través de los desafíos que enfrentamos en la actualidad, ya sea la guerra o la recesión, el conflicto o la división.

Así que aun cuando hemos atravesado una década difícil, yo estoy aquí ante ustedes confiado en el futuro, un futuro donde Irak no estará gobernado ni por un tirano ni por una potencia extranjera, y Afganistán se librará de las turbulencias de la guerra; un futuro donde los hijos de Israel y de Palestina podrán construir la paz que no fue posible para sus padres, y que la promesa de desarrollo llegará a las cárceles de la pobreza y la enfermedad; un futuro donde la nube de la recesión cederá paso a la luz de la renovación, y el sueño de la oportunidad estará disponible para todos.

Este futuro no será fácil de alcanzar. No va a venir sin contratiempos, ni se le exige rapidez. Pero la fundación de las Naciones Unidas es en sí misma un testimonio del progreso humano.

En épocas mucho más difíciles que las nuestras, nuestros predecesores eligieron la esperanza de la unidad a la facilidad de la división e hicieron una promesa a las futuras generaciones que la dignidad e igualdad de los seres humanos sería nuestra causa común.

Nos corresponde a nosotros cumplir esa promesa. Y a pesar de que nos enfrentaremos a fuerzas oscuras que pondrán a prueba nuestra determinación, los norteamericanos siempre han tenido motivos para creer que podemos elegir una historia mejor. De hecho, sólo tenemos que mirar más allá de las paredes que nos rodean.

Porque por medio de los ciudadanos de toda imaginable ascendencia que hacen de ésta, su ciudad propia, vemos la prueba viviente de que todos pueden tener acceso a la oportunidad; que lo que nos une como seres humanos es mucho mayor que lo que nos divide, y que la gente de cualquier parte de este mundo puede vivir junta en paz. Gracias.

Anuncios

Una respuesta a Discurso del Presidente Barack Obama ante la Asamblea de la ONU

  1. […] Discurso del Presidente Barack Obama ante la Asamblea de la ONU (via Opinión Pública) TEXTO DEL DISCURSO DEL PRESIDENTE BARACK OBAMA A LA ASAMBLEA GENERAL DE LA ONU Discurso para la Asamblea General de las Naciones UnidasNueva York, NY – 23 de septiembre 2010 (TRADUCCIÓN LIBRE DE ANA) Señor Presidente, Señor Secretario General, compañeros delegados, señoras y señores: Es un honor dirigirme a esta Asamblea por 2º vez, casi 2 años después de mi elección como Presidente de Estados Unidos. Sabemos que este no es un tie … Leer más… […]

A %d blogueros les gusta esto: