CFK. Presunciones de cambio en la dinámica y el retorno a los primeros tiempos de los K ?

DOLOR Y ENERGIA
Los cambios en la dinámica presidencial y la posibilidad de una vuelta a los orígenes

Por Luis Tonelli

Cfkchess¿Es una ilusión óptica o Cristina Fernández intenta dar otra dinámica a su presidencia?

No se trata, por supuesto, de que el Gobierno vaya a abandonar la tradicional matriz de la democracia como conflicto (aunque algunos dicen que es todo un detalle que Carlos Kunkel le haya ofrecido la otra mejilla, para un nuevo cross de derecha, a la diputada Graciela Camaño).

Más bien todo lo contrario. Pero, en 1º lugar, el anuncio por cadena nacional de la reanudación de negociaciones con el Club de París, que se suma al efectuado para agradecer las muestras de afecto recibidas por la muerte de su esposo, refieren a una presencia mediática distinta.

Sin mediación periodística, ya que la Presidenta no romperá con esa tradición kirchnerista de negarse a ruedas de prensa o reportajes in deep. Más bien, CFK se acerca al estilo inaugurado por Teddy Roosevelt, y perfeccionado por Ronald Reagan, del “Bully Pulpit”: hablarle directamente a la población, con regularidad, para hacer gala de sus innegables recursos pedagógicos y didácticos.

De este modo, más que el anuncio económico, primó en esa cadena nacional la búsqueda de un efecto político. Esa combinación de “dolor y energía” que caracteriza sus apariciones últimas. El recuerdo de Él (¿que falta hace nombrarlo?) fue seguido de una amonestación a la oposición, en este caso por negarle, en estas circunstancias, nada más ni nada menos que el Presupuesto.

Por supuesto que, en su posición, el Gobierno cree que tiene todo para ganar: la oposición se está dividiendo en su propia división; el gasto público será ejecutado conforme a los lineamientos del anterior presupuestomucho más permisivo que lo dispuesto, aun por el oficialismo, en el nuevo-; el Gobierno se victimiza ante la negativa opositora; la oposición se acusa a sí misma de corrupta.

¡Vaya espectáculo!

Que Elisa Carrió, que ha hecho de la denuncia hiperbólica una forma de vida, acuse de un nuevo Sodoma y Gomorra político, vaya y pase. Pero que todo el peso de la prueba de estos “sobornos” congresionales se centre en las declaraciones de una novel y candorosa diputada, basada en una conversación telefónica en la que otra diputada le promete “mucho más” es too much.

Si la política tuviera que asumir una práctica tan pura y virginal, sencillamente se cancelaría a la democracia como forma de procesamiento pacífico de conflictos, lo que abriría el camino más directo para el pretorianismo, el autoritarismo y la violencia política.

El intercambio de votos (log rolling) -esto es, “te voto tu puente para tu pueblo para que luego vos me votes mi puente para mi pueblo”-, el gasto público nacional dirigido desde el Congreso hacia obras públicas locales (pork barrel), son prácticas comunes en todo legislativo y fácilmente comprobables en cualquier película de Hollywood onda ¡Oia, me casé con un Presidente!, o la serie The West Wing, en la que los senadores aparecen autorizando una partida de la CIA para volar un pueblo de Oriente Medio a cambio de participar en una fiesta de gala por la paz mundial, junto con Bill Gates, en los jardines de la Casa Blanca.

Obviamente que está también la corrupción del dinero cash, girado para gastos personales, pero ése es un problema generalizado en la vida argentina.

Sin embargo, la negociación política no es un hecho delictivo, y mezclar corrupción con “rosca” es un expediente típico de los populismos, la antipolítica, etcétera, que ven cualquier mediación como peligrosa.

Claro está que aquí prevaleció una lucha por determinar quién se coloca como “La” oposición en este tiempo de descuento hacia las elecciones del año que viene.

El radicalismo tendió puentes ya desde la presentación de un presupuesto que, a fines de octubre, Ernesto Sanz hizo junto con Jesús Rodríguez y con el economista de cabecera de la UCR, Adrián Ramos. Allí se anunció que la UCR no pretendía tener un presupuesto propio, por lo que daría quórum reservando sus objeciones para la discusión en particular.

La embestida de Elisa Carrió fue dirigida a demoler el intento radical de colocarse como la fuerza opositora “responsable” ante el Gobierno mientras que, por otro lado, Cristina Fernández aprovechó la situación para fogonear más las divisiones opositoras y consolidar su estilo confrontativo con el anuncio de que no se le cambiará una coma al Presupuesto (pese a resultarle imposible la aprobación de esa ley sin negociar algo cuando, sencillamente, no tiene los votos para lograrlo).

Pero, entonces, ¿cuáles son los cambios en la dinámica presidencial, más allá de un posible acercamiento mediático televisivo más o menos regular? 

La combinación de “dolor y energía” no se limita sólo a lo comunicacional. En el plano del gobierno, la Presidenta se ha rodeado de sus afectos primarios, con los que comparte el enorme pesar por la muerte de Néstor Kirchner.

Sin embargo, desde allí hay señales cada vez más fuertes de que Cristina Fernández se está apartando de la “peronización total” a la que estaba abocado Kirchner, especialmente luego del conflicto con el campo.

En un punto, hay una vuelta a los orígenes, a “ese viento del Sur, a ese viento pampero” que viene a barrer con “lo viejo”, de la primera presidencia de Kirchner, en la que empalmaba también con algo del “que se vayan todos” del 2001.

Es que, sin abjurar de su peronismo, Cristina Fernández siempre guardó fuertes críticas para el aparato justicialista, al que despectivamente denominó miles de veces “pejotismo”, y también mostró innumerables veces su rechazo por el corporativismo sindicalista.

En cierta medida, durante los tramos finales de los 90 y desde el Congreso, Cristina Fernández asumía posiciones similares, en términos ideológicos, al Frepaso de Carlos “Chacho” Álvarez, antes que las del peronismo tradicional.

No por nada, en el acto de cierre de su campaña presidencial de 2007, en el Luna Park, CFK tuvo que aguantar impávida cómo las huestes de Hugo Moyano le cantaban una y otra vez “la Marchita”.

El kirchnerismo de su primera época se apoyaba en el concepto de “gobierno de la opinión pública” para enfrentar, del lado de “la gente”, a los diferentes intereses que lo confrontaban, y concitaba la atención de vastos sectores de clase media esperanzados con la entronización de lo “nuevo” desde “la política”, y no desde la “antipolítica”.

Eran las épocas de la transversalidad y de otras expectativas, que cayeron en saco roto a medida que el Gobierno se fue desgastando y perdiendo tanto el apoyo de las corporaciones mediáticas como los índices masivos de popularidad. Todo, por cierto, mucho más agravado desde la crisis con el C.A.M.P.O.

Hay un factor que permite apoyar esta nueva dinámica presidencial, o esta vuelta a los orígenes, como se la quiera ver: la popularidad recuperada por el gobierno de Cristina Fernández.

Las encuestas marcan, tanto una nueva perspectiva de la opinión pública, más indulgente de lo que fueron los años de Kirchner en el poder, como también una valoración positiva de la fuerza para cumplir con sus responsabilidades de gobierno frente a la tragedia personal.

En la Casa Rosada sostienen que, si se mantiene esta base de popularidad (¡toda una tarea!), CFK no necesitará de nadie para ganar las elecciones en primera vuelta y, más bien, todos necesitarán de ella para ganar sus elecciones (gobernadores, intendentes, etcétera).

Es bajo este cambio de clima político (que se vuelve euforia, cuanto más alejados están los funcionarios consultados de ese grupo íntimo todavía jaqueado emocionalmente) que los operadores más íntimos de la Presidenta imaginan una toma de distancia importante de Hugo Moyano, pese a que fue denominado como la columna vertebral del kirchnerismo por Aníbal Fernández.

El avance de las causas judiciales que involucran al sindicato de camioneros con la causa de la mafia de los medicamentos se junta con la falta de apoyo desde la Rosada a los intentos de Moyano para convocar al Consejo del PJ bonaerense, que formalmente preside.

Sin embargo, la euforia de los intendentes, quienes rechazan fuertemente la “sindicalización” del PJ, duró muy poco al enterarse de algunos de los planes del Gobierno nacional por apoyar a candidatos con un perfil diferente al de los torvos caciques territoriales conurbanos. Como para que vayan poniendo las barbas en remojo.

Todavía falta mucho para las elecciones. Pero, quizás, falte lo mejor.

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