La K, letra privilegiada y símbolo de una época

LA LETRA, SÍ, LA LETRA *
La K | La “P” | El abecedario| Y el kirchnerismo

LetraK29–04–2011 / La letra “K” para nuestra lengua es rígida, dura. En la Argentina, casi desempleada, pasó de ser una incógnita a una certeza. Letra minoritaria, de poca frecuencia en el lenguaje, y escasa presencia en el diccionario.

De entre más de 100 mil vocablos que este contiene apenas si se destacan kilo, karate, karma, káiser, kremlin y kitsch. En lunfardo también hay pocas: keco (quilombo) y kinoto (testículo).

También kaften por cafisho. Hoy la “K” ya es una letra literal y definitivamente política. Néstor Kirchner es su referencia nominal. A partir de él son “K” los militantes originales y los asociados.

Y son “K” los índices de precios del IndeK y el kafkiano laberinto de situaciones a las que los opositores le imponen la K como si imponiéndoles la letra quisieran demonizarlas.

La revista Noticias ha abusado de tapas letradas con la K. También alienta a escribir alusivamente a la letra a los letrados pensadores anti K que proliferan en los medios afines. Algunos tratan de hacer equilibrio sobre la letra para no lucir tan antagónicos y no ser tan desleales a su pasado.

Pero el antikirchnerismo-versión fraguada y seudoculturizada del gorilismose entrampa en la letra como se entrampan los propios cazadores incompetentes en la trampa que tienden.

Caen en ella por distraerse en la mira del rifle en lugar de cuidar dónde pisan sus botas.

Obnubilados por execrarla, negarla, agraviarla se topan con sus líneas rectas y rigurosas como ante un diseño cuya intensidad política se potencia cuanto más se pretende taparla con el alquitrán de la rabia. La K ya no es una letra más incluida entre la J y la L. Al menos no en este tramo de la historia argentina.

Porque ya es un signo de identificación que por su propia inercia identitaria acaba, por paradoja, identificando a quienes la rechazan.

Hasta intelectuales de alto prestigio anterior al de este tiempo, como Beatriz Sarlo, ya no pueden pensar sin basar sus pensamientos en la letra.

El antikirchnerismo es al kirchnerismo como lo son en la fauna los grandes animales de la selva a los insectos o pajarillos que al picotearlos los ayudan a quitarse las pulgas y a sentirse más felices.

Un clima de época “K” cunde sobre el abecedario. Su sucesora Cristina Fernández es también K por vocación y además por transferencia vinculante, y promete prolongar su vigencia fonética y hasta ampliar sus resonancias.

En la Argentina la “K” era una letra exótica. Se la conoció, según las épocas, por Kung Fu, por Kissinger, por el Kamasutra.

También fue famosa por “King Kong” un gorila fantástico más tierno y erótico, y menos reaccionario que tantos gorilas autóctonos que todavía sobreviven, incluso renovados con pelos tersos y muy hipócritamente republicanos.

Hasta hay algunos, como el intelectual Kovadloff, que usufructúan la K como una versión distractiva de la letra en sentido contrario.

La letra lo persigue como una pesadilla desde su propio apellido y ante su desconsuelo, por más que se afane escribiendo en su contra, la letra sigue su destino favorable.

Son también palabras con “K” kamikase, una extramaunción bélica individual reactualizada por hombres bomba; por Kenia un país africano infaltable en el “National Geographic”; y por el huracán “Katrina”, de Nueva Orléans, que dejó al descubierto la pobreza negra en un país rico.

En Buenos Aires de entre más de dos mil nombres de calles solo hay un puñado cuyos nombres empiezan con “K”: Kennedy, Krause, Korn y King. Y el pasaje Kavanagh, lindero al edificio donde vive alguna gente notoria y no necesariamente notable ni noble. La economía tiene un referente famoso: Keynes.

Economista de mitad del siglo pasado que hoy vuelve a ser citado por gobiernos populares. O “populistas”, éste un desdeñoso calificativo usado para categorizar prejuiciosamente a gobiernos con muchos votos pero no con los de gente con coeficiente blanco que presume votar “kalificadamente”.

Keynes es usado también por rescatistas históricos que creen en una economía “keynesiana” y no kaníbal como la que atrae a los alborozados “golden boys” que se están viniendo viejos siendo aún jóvenes.

En la naturaleza de un “golden boy está odiar absolutamente la inversión pública aunque sea usada para comprar leche para bebés en estado de hambre. La leche es un gasto, dicen. Y el bebé todavía más.

Y está la leyenda que toda letra tiene. En el alfabeto griego sus dos letras extremas son Alfa y Omega. Se le atribuye a Dios haber dicho: “Yo soy la Alfa y la Omega”.

Es decir: el dueño de la clave del Universo. En el Egipto antiguo a la Ka se la conoce como una de las nociones de los faraones más difíciles de concebir para un espíritu occidental.

Léase, para un espíritu limitado y cerrado. El misterio de la letra los convierte en iletrados aún siendo doctos.

Lo cierto es que la “K”, entre nosotros, ha pasado a ser una letra famosa.

Del frío distante y patagónico pasó al estado de sensación térmica calórica.

Y aunque el año 2009 a la “K” le resultó frío, y su mayor punto de congelamiento fue en octubre, en la primavera; al año siguiente, en el invierno del Bicentenario alcanzó calores multitudinarios.

No obstante hay gente algo trémula, a la que todo le gusta tibio para no quemarse la lengua delicada. Pero hay otra a la que le gusta caliente y además picante y entonces esta letra le cae más gourmet que cualquier otra.

La K exige paladares entrenados en el puta parió y el chili. En el aguante. La reivindicación de los Derechos Humanos desandando la ambigüedad de la Obediencia Debida y descolgando el cuadro que resumía el Mal en el propio recinto de los viejos adoradores, es un picante no apto para tantos democráticos aparenciales.

La letra como sello de identidad otorga un rango semiológico a quien es designado con ella.

Los “K” argentinos, estigmatizados por sus compatriotas negadores, no solamente recobraron la autoestima y se la fueron propagando y transfiriendo entre sí, sino que ya glotones y angurrientos de K, deberían pensar en achicar las porciones de su ingesta para evitar el empacho. Aunque para este tipo de excesos hay sanadores K que los desintoxican.

Sus detractores krepitan en sinuosidades rabiosas; solo ven que la K es una letra dura pero ignoran que lo es para proteger sus entrañas dulces. Eso los va desmoralizando, la letra se expande en la geografía y en los hechos.

No para. A una golosina de tipo chupetín de Nestlé se la llamaba o llama “Sin parar”. Su sabor tiene un efecto tan adictivo que el que empieza a sentir su gusto no para y cuando acaba la golosina tiene ganas de seguir con otra.

No obstante ese encanto, a la letra le restan acechanzas no por menores menos amenazantes. Son poderosas y cuentan con lingüistas mediáticos obsesos y atacados de esa patología antiK e incapaces de instalar otra letra que le compita.

Les sobra el abecedario pero se quedan rumiando alrededor de esa letra sola que los aglutina en el rechazo.

No conciben o no reaccionan que ese anti los ata a la letra y la agigantan.

Hace más de medio siglo el pueblo consagraba un estribillo que cantaba algo así: “…Y te daré una cosa/ una cosa maravillosa/ que empieza con P: Perón”.

Tuvo que pasar todo este largo tiempo para que a otra letra del abecedariola Kel pueblo la asumiera como suya.

Pero no es por Fuerza Bruta, por más fuerza que haga, ni por creativos del diseño que se instala una letra como símbolo. No basta una sopa de letras para escoger una con la cuchara al arbitrio de la glotonería. La oposición de estos años es una sopa ilegible e iletrada.

Y no es consciente de que la letra K es un fenómeno de aparición espaciada. Quienes se apuran en sustituirla baten el abecedario ignorando que por más que lo batan hay pocas chances de que hoy fluya otra letra que la supere.

Por Orlando Barone.

* Texto publicado en la revista Debate y fragmento de su próximo libro.

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