El triunfo de Cristina y la declinación del grupo A. Una nueva etapa política

TRIUNFO MAYORITARIO DE CRISTINA Y DECLIVE DEL “GRUPO A”
Una nueva etapa política

Por Edgardo Mocca

Laplazadel2328–10–2011 / El voto de la sociedad argentina, libre, limpio, mayoritario y con cifras contundentes como pocas veces, ha dado su veredicto: Cristina Kirchner seguirá gobernando la Argentina durante los próximos 4 años.

Ésta es una verdad política. No cierra ningún debate, no clausura ninguna pretención interpretativa sobre el sentido y las razones del voto ni desautoriza, en principio, ninguna voz.

Así son las cosas en un país como el nuestro que vive en plenitud el régimen democrático. Justamente es también la vigencia del régimen democrático lo que le da al sufragio universal la condición de principal regla de juego del sistema político, alrededor de la cual se mueven y se articulan todas las demás.

Es el voto el que dice quién es mayoría y gobierna y quién es minoría y ocupa lugares proporcionales a su fuerza en los órganos representativos.

Todo esto parece obvio pero no siempre queda claro cuando el coro “republicano” pretende definir la nueva situación y presenta el pronunciamiento de la democracia como una amenaza a la democracia.

La reelección de la Presidenta crea una superficie de continuidad en la política. Más aún cuando se trata del 3º período consecutivo de gobierno kirchnerista.

Es por eso que en los días posteriores a la elección, las reacciones del mundo político presentan una imagen inercial e, incluso, asistimos a discusiones políticas televisivas que parecen desarrollarse una semana antes y no una semana después de los comicios.

Los actores tardan en reconocer la nueva escena; son viejas las frases, viejos los gestos, los estados de ánimo.

¿Hay realmente una nueva escena?

La hay, y su fundamento es que se ha cerrado el ciclo político abierto en el otoño de 2008, con el conflicto agrario, que pareció profundizarse con la elección legislativa de 2009.

El rasgo fundamental del ciclo que se cierra fue la puesta en cuestión de la legitimidad del gobierno: ya en la elección de 2007, después de un claro triunfo de la actual Presidenta, Elisa Carrió, quien se ubicó en el 2º lugar, formuló la curiosa tesis de la “legitimidad segmentada”.

Era una forma un poco artificiosa de decir que el gobierno de Cristina era legítimo solamente para aquéllos que la habían votado.

Eran los pobres, los beneficiarios de la caridad estatal, a quienes había que “liberar” con el impulso de las clases medias de las grandes ciudades. La bien poco democrática doctrina de la legitimidad segmentada pasó del enunciado a la práctica con el levantamiento de las patronales agrarias, coordinadas por los grandes medios de comunicación.

Desde entonces, los discursos contestatarios al kirchnerismo, más que discutir o impugnar medidas prácticas del Gobierno, han optado por la plena denegación de su legitimidad. 

En política toda clausura tiene una condición provisoria e incierta cuando se la proyecta al futuro. Pero no por eso debería ser ignorada. No hablamos de un cierre administrativo o autoritario de una discusión.

Estamos arriesgando la hipótesis de que a quienes quieran mantener la querella en los viejos términos los espera un aislamiento político aún mayor del que registraron los cómputos del domingo pasado, si es que esto fuera concebible.

Miremos un poco esos números. El grupo A sumó alrededor del 27 % de los votos.

La adición excluye del conjunto opositor solamente los votos del Frente de Izquierda, fuerza extraparlamentaria, y los del Frente Amplio Progresista que formó parte episódicamente del grupo generado para arrebatar posiciones a la primera minoría en las comisiones parlamentarias pero hizo también gestos de diferenciación en otras circunstancias.

Dentro de esa cosecha, de por sí escasa, toman relieve las experiencias de Duhalde y Carrió, los dos candidatos que intentaron llevar a los últimos extremos la intransigencia antikirchnerista: fracasaron rotundamente y su lugar político se ha angostado de modo muy visible.

Podría objetarse que el macrismo -uno de los animadores del grupo A- no tuvo candidato presidencial.

Sin embargo, la relación entre el resultado de las primarias abiertas y la elección definitiva tiende a mostrar que la potencialidad opositora no pasó de la pelea por redistribuir entre sus componentes los votos que no iban al Gobierno.

Es posible, sin embargo, que siga primando el diagnóstico trazado por los editorialistas de los medios dominantes.

Según esta mirada, la oposición fracasó por falta de liderazgos atractivos y por la fragmentación debida a la mezquindad de sus referentes. Ambos señalamientos son razonables, pero acaso estén confundiendo el síntoma con la enfermedad.

Una hoja de ruta alternativa para la autocrítica de las oposiciones podría contener cuatro puntos centrales: la adopción de una estrategia de todo o nada frente al Gobierno, la subestimación de los cambios que se operan en el mundo y de los cambios de la posición del país en el mundo, la falsa percepción del clima político en la sociedad y la sujeción incondicional, o poco menos, del discurso político a los guiones elaborados por las principales empresas mediáticas.

Los grandes liderazgos no se conforman a través de un casting: surgen de la reinterpretación de demandas sociales en específicos contextos de época. Sin sensibilidad a los cambios, con un balance equivocado del clima en la sociedad y autoatada al carro del establishment económico y mediático, no hay un futuro mejor para las oposiciones.

Es de imaginar que una articulación opositora futura con pretenciones de éxito no tendrá como señas identificatorias la prédica del aislamiento del país respecto del mundo, la confusión entre la regulación de la propiedad de los medios de comunicación con la libertad de prensa ni el daño sistemático al Gobierno aun cuando comporte perjuicios para los intereses nacionales.

Para emprender esas revisiones hay que abandonar el sonsonete del “viento de cola” como fundamento de los logros, lo que lleva a jugar todas las cartas a los costos que la crisis internacional pudiera provocar a nuestra situación económico-social.

Menos Majul y más Maquiavelo podría ser una fórmula adecuada para entender que la conquista del poder nunca es solamente fortuna sino que incluye necesariamente la virtù, que no es virtud moral sino aptitud política.

También las fuerzas que apoyan al Gobierno harían bien en eludir las inercias, aun las deliciosas inercias del triunfo arrollador.

La naturaleza del conflicto político obligó, en buena medida, al Gobierno, a adoptar una estrategia de ciudadela sitiada. Esa línea de acción tuvo su principal y más exitosa expresión en una ofensiva “contracultural” curiosamente lanzada y desarrollada desde el poder político legítimo.

El mérito histórico de esa empresa ha sido desnudar la trama que liga a la política con poderosos intereses empresarios, con las grandes empresas de comunicación como centros coordinadores.

Así se resignificó la idea de “poder” arrancándolo de la interpretación liberal-antipolítica que lo sitúa exclusivamente en el gobierno y el Congreso para cuestionar al “otro” poder, al que no gana elecciones ni hace política en los ámbitos formales sino que se sostiene en su capacidad de presión y extorsión.

Eso fue y es una conquista democrática. Pero es posible, a partir de las nuevas correlaciones de fuerza, creadas tanto como reveladas por la elección del último domingo, ascender a un nuevo peldaño democrático.

Podríamos definirlo como el paso de dos países sistemáticamente enfrentados y sin terreno común de acuerdos y disensos a un solo país plural y conflictivo, con mayorías y minorías, que está dispuesto a aceptar al otro tanto como se le exige aceptación de la propia identidad.

Algo de esto parece insinuarse en el discurso de Cristina del último período y particularmente en su significativo mensaje después de la elección. La idea de unidad nacional no aparece, en principio, asociada a la pretención unanimista ni al freno de las políticas de cambio.

Más bien, se presenta como la forma del cierre de una etapa en la que ciertos sectores pretendieron imprimirle al drama político el sello del todo o nada. Claro que el éxito de esta empresa no depende exclusivamente del Gobierno.

La nueva relación de fuerzas parece expresarse en los procesos de cambio en la corporación empresaria, de apertura al diálogo por parte de sectores del empresariado agrario.

Se desarrollan procesos de coordinación entre centrales sindicales. Es pensable que estos nuevos cursos permitan alcanzar una masa crítica en condiciones de aislar a quienes desde la política, formal e informal, sigan jugando el viejo juego. El juego que fue abrumadoramente derrotado el domingo pasado.

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