Sintonía fina ?

LA PRESIDENTA Y SU PRIMER DISCURSO DEL AÑO
Sintonía fina

Por Edgardo Mocca

Crisdevuelta27–01–2012 / El ejercicio provisional de la máxima autoridad ejecutiva del país por parte del vicepresidente dejó de ser una herramienta del espectáculo político puesto al servicio de la construcción de una candidatura electoral alternativa, para volver a constituirse en una rutina institucional, tal como se desprende de la Constitución. 

No hay muchas referencias a ese hechonormal pero políticamente significativo– en el balance mediático dominante de estas tres semanas de licencia de la presidente Cristina Kirchner.

Es natural que así sea, porque el señalamiento de este cambio hubiera bastado para poner en el foco la principal transgresión institucional que experimentamos en los últimos años, ante el pudoroso silencio de tantos republicanos escandalizados por el supuesto debilitamiento de la calidad de nuestra democracia. Entre Julio Cobos y Amado Boudou media un salto en el fortalecimiento de nuestra institucionalidad.

La plena continuidad política durante la ausencia de Cristina Kirchner quedó marcada a fuego por el primer discurso presidencial después de su reasunción.

Su mensaje desgranó, en el habitual estilo coloquial y polémico, los dos grandes temas que atravesaron la agenda política durante su ausencia: la tensión diplomática con Gran Bretaña por las Islas Malvinas y la denuncia contra las grandes empresas petroleras por abuso de posiciones dominantes en el mercado.

Reivindicación soberana anticolonialista y defensa de la economía nacional de sesgo antimonopólico constituyeron la línea central de su discurso. Las operaciones mediáticas a propósito de su operación, comentadas en tono irónico y colorido, completaron el contenido de la intervención.

El tiempo transcurrido desde el comienzo del nuevo mandato es insuficiente para esbozar las tendencias del escenario político, pero pueden arriesgarse algunas líneas principales.

La Presidenta ratificó la formulación de la “sintonía fina” como definitoria de la nueva etapa, no sin agregar un nivel mayor de explicitación de su significado.

“No es ajuste, es que se terminó la avivada”, dijo.

Una forma posible de interpretar la frase podría ser la de calificar y darle mayor eficiencia al nuevo protagonismo estatal en la economía desplegado desde 2003.

Lejos de la demanda de “reducción del gasto público”, como reza el sonsonete de los economistas del establishment, de lo que se trata, según parece, es de afinar el control sobre la dirección de cada peso que invierte el Estado para impulsar la producción e incentivar la demanda agregada.

Es completamente comprensible que los adversarios decodifiquen ese enfoque como la obsesión de conseguir y ahorrar dólares en tiempos de amenazas externas como producto de la crisis del capitalismo mundial, lo que es totalmente cierto.

Solamente hace falta discernir si se trata de un regreso a la ortodoxia del ajuste o se orienta a racionalizar los recursos estatales manteniendo los pilares del rumbo de estos años, la defensa y expansión del empleo, la promoción del consumo de las clases populares y una mejor distribución de la riqueza.

Sintonía fina significaría, de acuerdo a esta lectura, el reconocimiento del cambio de condiciones en la economía y la sociedad argentina en los diez años transcurridos desde el derrumbe generalizado de diciembre de 2001.

Quienes hoy se rasgan las vestiduras por los efectos regresivos de los subsidios al transporte, por ejemplo, se niegan a inscribir la decisión de imponerlos en la historia concreta de nuestra sociedad.

No quieren hablar de cuáles habrían sido los riesgos, para la economía y para la paz social en el país, que hubieran emergido de un aumento drástico y generalizado de las tarifas del transporte público en los tiempos en que había un 25 % de desocupación y la devaluación había derrumbado el poder adquisitivo de los salarios.

Claro que el argumento de que los subsidios podrían haber sido eliminados gradualmente en los últimos años resulta seductor; pero implica una mirada de la economía abstraída del contexto político: ignora las condiciones en las que se desarrolló el primer gobierno de Cristina Kirchner, signado por la rebelión de las patronales agrarias, el sabotaje de los grupos mediáticos oligopólicos y un proceso de centrifugación de sus propios recursos parlamentarios y políticos.

Una medida siempre delicada y traumática como el retiro de los subsidios no puede decidirse al margen de la realidad de las relaciones de fuerza políticas.

Sintonía fina es reclamo por la soberanía en las Malvinas sin estridencias ni brotes xenofóbicos y deslindando rigurosamente al planteo de la aventura militar oportunista e irresponsable de los generales de la dictadura.

Es también la diferenciación entre el apoyo al capital basado en la promoción del crecimiento y la reindustrialización y la utilización empresaria de ese apoyo en la exclusiva dirección al aumento de sus tasas de ganancia.

Es dejar de subsidiar el consumo energético y de transporte de sectores pudientes de la sociedad sin perjudicar a los sectores populares beneficiarios de esa ayuda. Y hay también una sintonía fina en la relación con las organizaciones corporativas de los diferentes sectores de la producción.

Entre los empresarios, y más allá de los sectores ideológicamente comprometidos con el retiro de la mano estatal del mercado -que suele ser una forma de compromiso ideológico con la ganancia fácil y la especulación financiera-, el Gobierno ha avanzado en una relación más fluida, que se expresa en la nueva orientación de la conducción de la UIA.

Sin embargo, aún en ese sector cercano al Gobierno existe la creencia de que las eventuales dificultades que puedan emerger del ciclo crítico del capitalismo mundial deben caer, principalmente, en el salario y en las condiciones de empleo de los trabajadores.

Eso no puede escandalizar a nadie. Como tampoco debería sorprender que en la dirigencia sindical exista la ambición de proteger y ensanchar sus conquistas sociales alcanzando una cuota más importante de influencia y poder político.

De lo que trata la sintonía fina es de administrar inteligentemente esas pretensiones naturales sobre la base de un proyecto general de país, sin que esto presuponga -tal como suele aclarar la Presidenta- una posición de neutralidad entre los más poderosos y los más vulnerables.

Bajo el rótulo de la sintonía fina, bien podrían incluirse algunos temas frecuentemente atravesados por miradas polares e intransigentes.

Tal el caso de la discusión sobre las condiciones de explotación minera en el país que suele hacerse desde las trincheras opuestas de un productivismo capitalista sin límites y de un proteccionismo ambiental radical que no se hace cargo de las necesidades económicas de algunas provincias a las que en otros tiempos los gurúes del Banco Mundial pusieron el mote de “inviables”.

No es solamente un problema nacional: las relaciones entre el neodesarrollismo de los gobiernos populares de la región y los anticapitalismos basados en la idea del “buen vivir” están atravesadas por fuertes tensiones que no existían en las épocas del pensamiento único neoliberal.

Aquí tampoco sintonía fina equivale a una “neutralidad” que malogre la calidad de vida popular en esta generación y en las venideras.

Con un cierto artificio, también se podría incorporar en la agenda de la sintonía fina, la cuestión de las relaciones entre gobierno y oposición. Aquí también el cuadro ha cambiado.

No existe el grupo A, los halcones más decididos han sido duramente golpeados en las urnas y en varios círculos partidarios empieza a ser puesta en cuestión la estrategia de la sumisión política incondicional a los poderes fácticos y a su centro coordinador mediático.

El debate cunde en el radicalismo, en el que las voces más conspicuamente conservadoras claman por enfrentar a fondo al “populismo” -justo en el partido de Yrigoyen-, mientras otros sectores reivindican el carácter nacional-popular de la tradición partidaria.

Hasta desde la máxima conducción de la Coalición Cívica, su secretario general Adrián Pérez sostiene que la oposición no puede actuar eficazmente en el Congreso sin un diálogo fluido con el oficialismo.

Acaso haya llegado el momento de la sintonía fina en el abordaje de esa realidad, que podría tomar la forma de una estrategia dirigida a diferenciar a los incondicionales de la derecha mediático-política de aquellos que, aunque más no sea por sensatez y pragmatismo, luzcan dispuestos a inaugurar una nueva etapa en la que la discusión política no roce sistemáticamente las fronteras de la deslegitimación y la desestabilización.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: