El debate público en crisis. Deterioro de contenidos, sin grandes textos y la preeminencia de los textos

La decadencia del debate público

El deterioro de los contenidos, la ausencia de grandes textos y la preeminencia de los hechos.

Por Luis Tonelli

Cfkdebate03–08–2012 / Finalmente, todo es lenguaje y no podemos pensar en algo sin que lo procesemos a través de nuestro lenguaje.

Hasta las más elementales y animales emociones tienen su nombre, y si no las podemos nombrar, sencillamente no sabemos qué nos pasa.

Toda esta introducción plagada de lugares ya comunes, sólo para manifestar que si el lenguaje es el verdadero medio en el que nos movemos como humanos, deberíamos entonces estar un tanto preocupados por la decadencia evidente de nuestro lenguaje político.

Ciertamente, el lenguaje político se puede corromper convirtiéndose, en vez de en un instrumento de diálogo, en uno que incite a la violencia.

Pero también se corrompe cuando se vuelve nimio, liviano, cuando se ocupa de nominar insignificancias, cuando vuela bajo. Y el contraste es más fuerte si en el mundo entero se fragua un cambio que todavía no sabemos en qué puede terminar.

Y cuando pasan en el país y en la región cosas importantes, decisivas, para lo que la Argentina puede llegar a ser en las próximas décadas.

De esta decadencia de nuestro lenguaje político somos responsables todos. Por un lado, el kirchnerismo ha entendido que dar el debate público es una muestra de debilidad.

En su lógica, si pongo algo a debate es admitir que puede ser de otro modo, y esto es colocar una sombra de duda sobre la propia acción de gobierno pregonada como “infalible”.

Una línea discursiva peligrosa que la Presidenta viene desarrollando identifica su acción de gobierno -por investidura democrática y por enfrentar a los “poderes fácticos”- como la encarnación misma del Bien Común.

Cuando el Bien Común en sociedades complejas está siempre sujeto a interpelación deliberativa, y a lo sumo es el producto de la negociación y el consenso.

Por su parte, la oposición no ha cejado en insistir en un catastrofismo imaginario que afortunadamente nunca ha tenido lugar, y que los ha dejado siempre como esos milenaristas medievales que anunciaban el inevitable apocalipsis para el año 1000 y el 1º de enero del 1001 ya se habían quedado sin trabajo.

O sea, la sola realidad ha resultado en un espaldarazo a la acción de gobierno, con sólo desmentir esos pronósticos fatales que no sólo eran infundados, sino también aparecían como profundamente “egoístas y viles” (ya que no hay cosa más perversa que desear el naufragio de un barco en el que uno también va de pasajero).

Pero de un tiempo a esta parte, los comunicadores creen haber finalmente entendido la forma de volver interesantes los mensajes y operaciones que pasaban desapercibidos por la vasta audiencia.

Algún fisiólogo social quizás podría deducir que la activación política, en decadencia durante toda la década del noventa, encontró un equivalente funcional patológico en el duelo de cantitos de hinchadas de fútbol (que muchas veces ha pasado, lamentablemente, de los dichos a los hechos) y en los programas de chimentos de las celebrities locales. 

Lo que llevó a algunos genios vernáculos a considerar, entonces, que ellas eran las inevitables formas actuales en las que el lenguaje político tenía que expresarse.

No descarto que sea un problema personal generado por el paso del tiempo que esclerosa la capacidad para adaptarse a lo Nuevo, pero creo que es fácil constatar que ciertas formas de comunicar implican cuanto menos un deterioro de contenido y sustancia argumentativa. Algo que hace décadas atrás Giovanni Sartori bautizó como videopolítica.

Tampoco deja de ser notable que la recuperación de la movilización política juvenil se dé “ágrafamente”, sin dejar ningún documento, declaración o manifiesto, tal como era tradición en la política argentina.

Estamos asistiendo a una paradójica prehistoria oral-posmoderna de la militancia política, en donde la mayor elocuencia discursiva se da en los cánticos voceados con la mano en alto y movida acompasadamente, al estilo cumbiero de los sábados por la tele -eso sí, subidos instantáneamente en YouTube.

Cosa que, como expresión popular, es totalmente legítima y poderosa, pero convengamos en que resulta un tanto escueta como texto político que define el Qué Hacer.

Lo mismo vale para el formato “infama política” o “intrusos de la política” adoptado por los Unos y los Otros, que se expresa en la “base documental” del escrache y posterior pseudodebate entre vedettes.

Instrumento letal, un misil ad hominem para destruir la autoridad moral de quien critica lo que antes la “evidencia incontrastable” demuestra que apoyó o al menos admitió pasivamente (una foto del susodicho/a basta para demostrar su cercanía con el mal).

Ciertamente, el kirchnerismo tiene algo enorme a su favor, respecto de la oposición, que se sintetiza en el eslogan “nosotros hacemos”, que incluso puede ser utilizado como respuesta a cualquier cosa negativa que se le endilgue.

Argumento fuerte si los hay, cuando se trasuntan crecimientos chinos, gobernabilidades mayestáticas, y recuperaciones ejemplares en la ética de los derechos humanos.

La cuestión se vuelve un tanto más complicada cuando aparecen situaciones en las que no queda tan claro que el Gobierno se encuentre realizando las cosas del modo más eficiente, tales como la inflación y su medición, los efectos del control de cambios, el avance sobre la pobreza más estructural, la creación de trabajo en blanco y calificado, la política impositiva, el esquema de subsidios o las inversiones estructurales para sostener a futuro el crecimiento que se supo conseguir.

Así, por ejemplo, pasó sin pena ni gloria para el debate público el primer ministro chino Wen Jiabao, que podría haber detonado una discusión profunda sobre nuestra relación con China y sus consecuencias a futuro que, por otra parte, sean del cariz que sean, sólo pueden ser decisivas.

Hay quienes sostienen que, dado el destino ineludible de superpotencia mundial de China, se vuelve imperioso para nuestro país apurar hasta una suerte de Tratado de Ottawa (bah, mejor llamarlo por el nombre al que ha pasado a la historia, el pacto Roca-Runciman, al que enfrentó con éxito el incipiente nacionalismo argentino). Otros afirman que es más fácil tratar con los negociadores más duros de Estados Unidos que con los más afables chinos.

O bien, la noticia del ingreso de Venezuela como miembro pleno del Mercosur (logrado al haberse aprovechado un tanto oportunistamente la exclusión temporaria de Paraguay, cuyo Senado había negado su conformidad).

La inclusión de la Venezuela de Chávez como miembro pleno del Mercosur es una tremenda derrota de la diplomacia estadounidense para la región a la par que es impensable que ésta ocurra sin el apoyo intenso de Brasil.

Cosa que ha dejado pasmados a los nostálgicos noventistas vernáculos que todavía sueñan con un ALCA del que participen activamente las naciones del Cono Sur, todas felices y alineadas con Washington.

El gran país del Norte (de Sudamérica) jamás ha dejado de tener excelentes relaciones con Hugo Chávez y ciertamente, durante la presidencia de Lula, ha afianzado los lazos con el gobierno iraní de Mahmoud Ahmadinejad.

Ha tomado así decisiones que sólo asumen en una estrategia dominante y afirmativa quienes son o se creen un “big player” internacional, cosa que la atención que le prestan al Brasil las demás grandes potencias mundiales confirman (basta la atención personalizada que Barack Obama le dispensó durante este año a Dilma, tanto en la Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias, como en el G-20 de Los Cabos, habiendo tenido hasta una cumbre preparatoria bilateral entre ambos presidentes).

Tal fue el entusiasmo de la presidenta brasileña que saludó el ingreso de Venezuela como la consagración del Mercosur, así ampliado, como la quinta economía mundial (por arriba de Alemania) si se suman todos los PBI de los países que lo integran. Pero lo cierto es que el Mercosur hoy no es una arena común de decisiones ni económica ni política.

Que los países de la región han crecido independientemente de él. Y que, en todo caso, si Brasil quiere que esa área se convierta en un verdadero mercado común y unidad política tiene que ser muchísimo más generoso como gran potencia que es: apoyar el financiamiento de la infraestructura regional y ceder poder institucional a favor de los países más débiles, como tantas veces lo ha prometido

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